La esclerosis múltiple me la explicaron como una enfermedad inflamatoria del sistema nervioso en la que se morían los oligodendrocitos y con ellos se perdían parte de las vainas de mielina que rodean a los azones, esa enfermedad era entonces de etología desconocida (su/s causa/s sigue/n sin conocerse), era típica de sociedades ricas, países anglosajones y personas de raza blanca, especialmente mujeres, y debutaba entre los 20 y 40 años de edad; en España había muy baja prevalencia de la enfermedad, salvo en Paracuellos del Jarama (Madrid) y la catalana comarca de Osona; y, claro, no tenía un tratamiento fácil ni, desde luego, especifico…comenzaba 1991, aunque ya sabemos que Alfredo le pera puso en boca de Carlos Cardel una gran verdad: “…que veinte años no es nada,…”. Pero, no se vayan y déjenme “volver” a la esclerosis múltiple…

En 2011, aunque algunos de aquellas afirmaciones se mantienen como ciertas, el panorama de esta enfermedad desmielinizante, en su conjunto, ha cambiado bastante. Su diagnóstico ha mejorado mucho, con ello ha aumentado su tasa de prevalencia en países como el nuestro, acercándonos algo a las cifra de la Gran Bretaña, tanto, que se ha convertido en los países desarrollados en la enfermedad neurológica más frecuente en adultos jóvenes; se conoce bastante más acerca de la fisiología y la patología de los oligodendrocitos; hay interesantes hipótesis acerca de la/s posible/s causas que originan la enfermedad; ha mejorado el tratamiento anti-inflamatorio, aumentado la perspectiva y la calidad de vida para un paciente nuevo e incluso, en los últimos quince años, han aparecido fármacos específicos para el tratamiento de la esclerosis múltiple, todo ellos inmunomoduladores de una u otra naturaleza (fármacos, anticuerpos, trasplantes de células)…  Y aquí quera llegar y espero haberle convencido, amable lector, para llegar conmigo y seguir leyendo.

¿Por qué…? Pues porque, a pesar de todo lo enumerado en el párrafo anterior y algunos otros hitos sin duda reseñables que dejo inconscientemente de lado, si un enfermo de reciente diagnostico va achocar con algo difícil de encajar es que la esclerosis tiene tratamiento…pero no tiene cura…: los inmunomoduladores de todo tipo disminuyen la inflamación, el número y la intensidad de los brotes (si los hay), con ellos limitan los síntomas (al menos en las fases iniciales de la enfermedad), pero…no curan, en tanto que no ayudan a reponer los oligodendrocitos muertos… Y la mielina la compone la membrana de estas células, especialmente rica en lípidos. Muerto un oligodendrocito, esa mielina que protege a varios axones se pierde y, por tanto, la transmisión del impulso nervioso se altera, aunque sea mínimamente, en ellos. Cuando muere otra célula, añadimos más de lo mismo, y así hasta que muere un contingente importante de células mielinizantes y se forma una placa de lesión. Pero…el escenario no es exactamente así, mi querido lector cargado de paciencia…

Aproximadamente el 7% del total de células que componen el sistema nervioso central de cualquiera de nosotros son precursores de oligodendrocitos, es decir, son del tipo celular que, durante el desarrollo pre- y postnatal va a genera los oligodendrocitos que forman la mielina. Y esos precursores que hay en el cerebro de un adulto, aunque parece que no son exactamente iguales a los que se ven en el desarrollo, son capaces de diferenciarse a células mielinizantes: a nuevos oligodendrocitos. De hecho, eso es lo que ocurre de forma espontánea en las que denominamos “lesiones activas” (porque presentan mucha inflamación): diversas señales moleculares reclutan en esa zona a muchos precursores de oligodendrocitos que generan nuevas células y, aunque sea parcialmente (de ahí su calificativo de “placa de sombra”), reponen parcialmente la mielina perdida y, con ello, la sintomatología que hubiese podido genera esa placa de lesión. Lamentablemente no todas las “lesiones activas” se mantienen como tales o recuperan su contenido en oligodendrocitos para transformarse en “placas de sombre”, sino que es frecuente que progreses a placas más grandes, sin células inflamatorias en su interior  (las denominadas “placas crónicas” o “inactivas”) y donde los precursores de oligodendrocitos, aunque acuden a la zona de lesión (como en las “placas activas”, sin embargo no pueden entrar en ellas o, si entran, o mueren o no se diferencian a oligodendrocitos mielinizantes: las señales moleculares que hay en las citadas lesiones lo impiden…

Bien, si no le he aburrido y ha llegado usted hasta aquí es que a usted le interesa de verdad el tema y quiere que un científico, modesto pero ilusionado, le hable claramente y sin falsas esperanzas a nadie de lo que algunos de sus colegas, muchos mejores que él y distribuidos por algunos países del denominado primer mundo, están haciendo estos últimos años y donde han puesto su punto de mira: “potenciemos la capacidad de remielinización endógena, juguemos con esos precursores de oligodendrocitos y, ¿por qué no vamos a soñar en poder curar la esclerosis múltiple?” Y, puesto manos a la obra, están saliendo en los últimos años las primeras publicaciones en las que se muestran algunas de las claves moleculares para quizás poder ofrecer una alternativa terapéutica en un futuro. Sabiendo cuales de esas moléculas que favorecen o dificultan su labor a los precursores de oligodendrocitos endógenos en una placa de lesión de un paciente con esclerosis múltiple (muchas, viejas conocidas del desarrollo del sistema nervioso), podremos buscar o diseñar fármacos que anulen el efecto cuando este sea “negativo” o lo potenciemos si es “positivo” para nuestro propósito: reponer las células muertas y, con ellas, al menos parte de la mielina perdida. Incluso podríamos pensar en manipular genéticamente a los precursores de oligodendrocitos para, reintroducidos en el sistema nervioso de los pacientes…que pudiesen “ignorar” las barreras moleculares que se les presentan en las lesiones crónicas, sobrevivir a las moléculas que le resulten deletéreas en su interior o “imponerse” a aquellas otras que les impiden diferenciarse de forma eficaz y reponer a los oligodendrocitos muertos. Además, se trataría de terapias perfectamente compatibles, a priori, con los tratamientos ya existentes en la clínica a día de hoy: mientras los actuales tratan de limitar la inflamación, de los que les he estado hablando trataría de reponer a las células que la inflamación ha matado, las buenas pero desdichadas de esta película de hoy, los oligodendrocitos…

Si, estimado lector: estamos hablando de nuevos abordajes terapéuticos que podrían plantearse, no dentro de muchos años para, con fármacos o con células, pensar en reparar parte del daño, parte de la mielina perdida y, con ello, mejorar los síntomas y la calidad de vida de los enfermos. O de algunos enfermos. Y debería hacerse antes de que la enfermedad se cronifique tanto como para dañar irreversiblemente a los axones: antes, pues, de que la esclerosis múltiple se convierta no solo en “una enfermedad de oligodendrocitos”, sino de “oligodendrocitos y neuronas” … Esas moléculas, además, podrían ser biomarcadores útiles para un mejor diagnóstico, pronostico y seguimiento de la enfermedad, incluso testigos fiables para mejorar los ensayos clínicos de los tratamientos ya existentes y de los que pudieran venir.

Queda mucho por investigar, mucho por hacer y se necesitan medios, el apoyo institucional, de la industria y de las asociaciones de pacientes, pero… me gusta soñar y, para un enfermero de esclerosis múltiple, veinte años es mucho y…, preferirá a Osvaldo Farrés: “quizás, quizás, quizás…”

 

Fernando de Castro SoubrietActualidad Terapéutica

@FdeCastroS

Científico titular del CSIC Jefe del Grupo de Neurobiología del Desarrollo-GNDe Unidad de Neurología Experimental. Hospital Nacional de Parapléjicos.